En la calle, los manifestantes se estaban comiendo a la policía. Así, literalmente. Mientras, la ministra de Sanidad iniciaba una comparecencia urgente en el Congreso. Un grito cercano provocó un silencio absoluto e hizo que algunos diputados se levantaran a mirar por la ventana lo que estaba ocurriendo afuera.
En el exterior podía verse como un centenar de policías intentaban contener un millar de personas enloquecidas con porras, pelotas de goma y gases lacrimógenos. Todo era en vano. Los manifestantes parecían no sentir dolor ni miedo y no retrocedían. Uno de ellos se abalanzó sobre un agente y le dio un gran mordisco en el cuello, haciendo que sangrara abundantemente.
- Ya lo decía yo que eran unos violentos – comentó Alfredo.
- La culpa de esto la tiene usted, José Luis. Mire en que ha convertido a los jóvenes: en caníbales – increpó Mariano.
Sus señorías esperaban una reacción contundente por parte de las fuerzas de seguridad del estado, con el fin de proteger el estado de derecho, el orden, la libertad y la democracia. Una reacción que nunca llegó. Porque en unos minutos el cuerpo policial estaba desmembrado.
- ¿Qué vamos a hacer? ¡Vamos a morir! – gritó Carmen, angustiada.
De nuevo esperaron. El ejército aparecería en breve, estarían por fin a salvo de la muchedumbre enloquecida.
- Podríamos hacer un receso para el café mientras llegan – sugirió Alfredo –. Y supongo que habrá que llamar al Rey.
Las puertas del hemiciclo cedieron. El sonido que emitían aquellos seres no era humano y sus ojos estaban inyectados en sangre. Entre ellos había algunos policías que parecían haberse unido a la manifestación. Los diputados huyeron hacia el lado contrario a la entrada. Los más lentos se quedaban por el camino. Alfredo tropezó y fue alcanzado por una cuarentona entrada en carnes que, cariñosamente, le arrancó la barba a mordiscos.
José Luis pidió la palabra, subió a la tribuna y agarró el micrófono.
- Ciudadanas y ciudadanos. Les llamo al orden. Cálmense. Ya estamos saliendo de la crisis.
Esas palabras parecieron no afectar a los manifestantes, que se estaban comiendo por igual a diputados de un lado y otro del hemiciclo. Un reducido grupo se le echó encima. Desesperadamente se aferró al micrófono y prosiguió:
- Pleno empleo. Prometo el pleno empleo en la próxima legislatura. Si gana mi partido, claro.
Un policía vestido de paisano le arrancó el ombligo de cuajo, mientras otro devoraba sus tripas como si fuesen tallarines.
- ¡Las elecciones! ¡Adelantaré las elecciones! ¡Pero dejadme en paz! – suplicó.
- Vaya terminando su turno, por favor – reclamó el presidente del Congreso…
- ¡Corten! – gritó Alejandro.
Toda la acción se detuvo. El director y todo su equipo, junto al reparto y los extras, se dieron un homenaje con un aplauso bien largo. La filmación de “15–Z” había terminado. Alejandro suspiró aliviado. Afuera le esperaban los productores, vestidos con camisetas de Metallica y pantalones de cuero. Con toda seguridad, Alejandro, ganador de once premios Goya y un Óscar, volvería a rebajarse en una secuela llamada “28 legislaturas después”.
– Puta crisis – se dijo.

