15-Z

En la calle, los manifestantes se estaban comiendo a la policía. Así, literalmente. Mientras, la ministra de Sanidad iniciaba una comparecencia urgente en el Congreso. Un grito cercano provocó un silencio absoluto e hizo que algunos diputados se levantaran a mirar por la ventana lo que estaba ocurriendo afuera.

En el exterior podía verse como un centenar de policías intentaban contener un millar de personas enloquecidas con porras, pelotas de goma y gases lacrimógenos. Todo era en vano. Los manifestantes parecían no sentir dolor ni miedo y no retrocedían. Uno de ellos se abalanzó sobre un agente y le dio un gran mordisco en el cuello, haciendo que sangrara abundantemente.

- Ya lo decía yo que eran unos violentos – comentó Alfredo.

- La culpa de esto la tiene usted, José Luis. Mire en que ha convertido a los jóvenes: en caníbales – increpó Mariano.

Sus señorías esperaban una reacción contundente por parte de las fuerzas de seguridad del estado, con el fin de proteger el estado de derecho, el orden, la libertad y la democracia. Una reacción que nunca llegó. Porque en unos minutos el cuerpo policial estaba desmembrado.

- ¿Qué vamos a hacer? ¡Vamos a morir! – gritó Carmen, angustiada.

De nuevo esperaron. El ejército aparecería en breve, estarían por fin a salvo de la muchedumbre enloquecida.

- Podríamos hacer un receso para el café mientras llegan – sugirió Alfredo –. Y supongo que habrá que llamar al Rey.

Las puertas del hemiciclo cedieron. El sonido que emitían aquellos seres no era humano y sus ojos estaban inyectados en sangre. Entre ellos había algunos policías que parecían haberse unido a la manifestación. Los diputados huyeron hacia el lado contrario a la entrada. Los más lentos se quedaban por el camino. Alfredo tropezó y fue alcanzado por una cuarentona entrada en carnes que, cariñosamente, le arrancó la barba a mordiscos.

José Luis pidió la palabra, subió a la tribuna y agarró el micrófono.

- Ciudadanas y ciudadanos. Les llamo al orden. Cálmense. Ya estamos saliendo de la crisis.

Esas palabras parecieron no afectar a los manifestantes, que se estaban comiendo por igual a diputados de un lado y otro del hemiciclo. Un reducido grupo se le echó encima. Desesperadamente se aferró al micrófono y prosiguió:

- Pleno empleo. Prometo el pleno empleo en la próxima legislatura. Si gana mi partido, claro.

Un policía vestido de paisano le arrancó el ombligo de cuajo, mientras otro devoraba sus tripas como si fuesen tallarines.

- ¡Las elecciones! ¡Adelantaré las elecciones! ¡Pero dejadme en paz! – suplicó.

- Vaya terminando su turno, por favor – reclamó el presidente del Congreso…

- ¡Corten! – gritó Alejandro.

Toda la acción se detuvo. El director y todo su equipo, junto al reparto y los extras, se dieron un homenaje con un aplauso bien largo. La filmación de “15–Z” había terminado. Alejandro suspiró aliviado. Afuera le esperaban los productores, vestidos con camisetas de Metallica y pantalones de cuero. Con toda seguridad, Alejandro, ganador de once premios Goya y un Óscar, volvería a rebajarse en una secuela llamada “28 legislaturas después”.

Puta crisis – se dijo.

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De fuego y hielo

Malgorn entró en el jardín con el sigilo de una pantera. El atardecer irradiaba flecos de luz anaranjada en las ramas recién florecidas de los cerezos del jardín. Algunas de sus flores, exhaustas, caían en un incesante baile hasta tocar la hierba fresca que se extendía por toda la colina, escondiéndose del Sol tras el tronco del árbol, descubriendo su verdadero matiz rosado. Una suave brisa atravesó el jardín y meció la poblada barba del hombre, de aspecto rudo, de ojos penetrantes y oscuros, que echó una última mirada al crepúsculo que se avecinaba y recorrió los escalones que le separaban hasta la cima de la colina, sin prisa, pero sin demorarse.

En lo más alto había un templo sostenido por refinados pilares de madera y sin ninguna pared. Un hombre se encontraba en su interior, en profundo estado de meditación. Malgorn dio unos pasos hacia el hombre de cabello largo, greñudo y canoso. Al pisar una hoja seca se detuvo. El otro hombre no pareció sorprenderse por su presencia.

- ¿Qué trae a Malgorn el Rojo a la humilde casa de Elorn? – preguntó el hombre sin moverse ni un ápice.

- Vengo a dar mis más sentidas condolencias por la muerte de Elíade, tu esposa.

Elorn se mantuvo en silencio mientras observaba como una de las grullas de su jardín desplegaba lentamente las alas, y luego habló.

- Tu visita es grata y oportuna. Acércate y llora conmigo.

Malgorn se aproximó delicadamente, encogiendo uno de sus brazos hasta alcanzar el bolsillo derecho de su túnica, de donde sacó una pequeña daga, afilada como el pico de un colibrí, y la alzó por encima de sus hombros, agarrándola con fuerza, apuntando a la espalda de Elorn, aún en estado meditativo. Su frente se arrugó y sus ojos se humedecieron, justo antes de descargar mortalmente el filo de la daga sobre su víctima.

La daga se detuvo repentinamente antes de llegar a su destino, luego se descompuso, haciéndose pedazos.

El cuerpo de Malgorn fue sacudido violentamente y proyectado varios pasos de distancia hacia atrás. Elorn interrumpió su meditación y se puso de pie, dándose la vuelta y observando a su atacante tumbado en el suelo, aturdido. La sonrisa de su cara contrastaba con la tristeza de su mirada, vacía, desesperada.

- Nunca te fíes de un hechicero – dijo Elorn -. Aunque sea tu hermano.

Malgorn consiguió incorporarse sobre sus rodillas, y tambaleándose, llegó a ponerse de pie. Sus lágrimas se habían secado, el rostro le ardía en una fiebre iracunda.

- Veo que has tomado precauciones – afirmó -. Precauciones mágicas. Sabías que vendría a por ti, para consumar mi venganza por tu terrible acto. ¡Asesino! – gritó con furia.

Elorn agachó la cabeza. Su sonrisa se apagó.

- ¿Por qué crees que he matado a Elíade, mi propia esposa? ¡Bastardo!

La suave brisa se convirtió en una violenta espiral alrededor de Malgorn. El hechicero alzó uno de sus brazos y musitó unas palabras. Una llama brotó repentinamente de la palma de su mano. Las grullas huyeron volando, instintivamente atemorizadas.

- No me hagas enojar. ¡Te lo advierto! – desafió enfurecido.

La llama se convirtió en una terrible bola de fuego al abandonar la mano de su convocador. Dirigiéndose directamente a su objetivo, dejando un resto flamígero a su paso. Elorn no se inmutó. Con un suave chasquido de sus dedos, una inexpugnable muralla de hielo se alzó frente a él. La bola de fuego impactó contra ella, provocando una explosión que la hizo pedazos. Seguidamente, Elorn volvió a hablar, pero esta vez no sonreía.

- ¿Me llamas asesino? ¡Tú la has matado con tu imprudencia! Ser mi hermano te otorga muchos privilegios, ¡pero mi esposa no es uno de ellos!

Los ojos de Malgorn dejaron de ser oscuros para volverse rojizos y desprender fuego de sus pupilas.

- ¡Ella no te amaba, insensato! – afirmó Malgorn -. Se entregó a mi calidez, pues su marido es tan frío en la magia como en la alcoba – dijo mientras alzaba las dos manos por encima de su cabeza -. Ahora pagarás, ¡pagarás con creces!

Se oyó un zumbido lejano que se acercaba rápidamente, desde el cielo. El techo del templo estalló, una piedra en llamas tan grande como tres cabezas cayó rápidamente sobre Elorn, explotando violentamente a su lado, levantando una cortina de humo y ceniza a su paso.

Elorn se retorcía de dolor mientras intentaba encontrarse el brazo izquierdo, que había sido arrancado brutalmente y proyectado escaleras abajo. Entre gritos desesperados, balbució el hechizo más terrible de cuantos conocía. Una esfera helada rodeó rápidamente el cuerpo de Malgorn hasta cubrirlo por completo. Elorn hizo unos complicados gestos con la mano que aún le quedaba.

- ¡Tú y tu fornicadora podéis iros al infierno! ¡Muere!

Dentro de la esfera cristalina, se oyó un grito terrible que fue apagado por sus paredes de hielo y luego estalló en infinidad de pedazos. Ríos de sangre abandonaban el cuerpo agónico de Malgorn, que se encontraba acuchillado por cientos de pequeñas estacas del hielo más indestructible jamás conjurado. El hechicero resbaló con su propia sangre y cayó al suelo, las estacas que tenía en su pecho se clavaron aún más, apareciendo por su espalda. Malgorn, herido de muerte, sacó una varita incrustada en rubíes, que agitó torpemente en el aire.

Los cerezos y la hierba de la colina ardieron. La noble madera del templo se consumía entre llamas. De pronto, el incendio pareció cobrar vida, arremolinándose alrededor de Elorn, acercándose, abrazándole. Su cuerpo se inflamó y brilló como mil estrellas. Se tiró al suelo, entre gritos desesperados, y palabras de un poderoso contrahechizo que anuló toda la magia de la colina. Su cuerpo dejó de arder. Se quedó tumbado frente a su hermano, ya moribundo. Se miraron por última vez.

- Parece… que hemos llegado demasiado lejos – dijo Malgorn con dificultad, poco antes de morir.

Elorn abrió su mano, su única mano, y en ella apareció una bella estaca de hielo. El hechicero esbozó una sonrisa.

- Eres tan inútil que ni siquiera has sido capaz de matarme – dijo al cadáver de su hermano -. Al final tendré que hacerlo yo mismo.

Ilustraciones de Ricardo Boronat

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Andrés Delagua

Desde el momento en que recobró una aparente consciencia, tumbado en el lecho de un río, Andrés Delagua comprendió que algo había cambiado. A pesar de estar en contacto con las frías piedras, no sentía frío. La suave brisa de la mañana solo la intuía por el zarandeo de los árboles. Su mente era transparente y calmada, como un lago. Se levantó y pensó “¿dónde estoy?”. En verdad había vivido esa situación en muchas ocasiones, despertar en bancos en medio de plazas llenas de gente, en jardines rodeado de arbustos y excrementos de perro, o directamente tirado en la calle con dos o tres monedas dejadas caer por lástima. Su reacción siempre era la misma: “He de volver a casa. Joder que resaca tengo”. Y esta vez no sería diferente, o sí, porque Andrés Delagua estaba más sobrio que nunca.

Siguiendo un sendero empinado llegó hasta una carretera que cruzaba por encima de un río que partía la ciudad en dos mitades. Allí estaba su coche, bajo la sombra de un rascacielos cercano. ¿Por qué lo había dejado allí? No se acordaba. Se dirigió hasta la puerta y buscó las llaves en su chaqueta, las sacó y las introdujo en la cerradura, sin esfuerzo. Un horripilante grito abandonó su garganta cuando vio que la llave y su mano entera habían atravesado la puerta del coche. “Entonces es verdad, ¡estoy muerto, jodídamente muerto!”, se dijo. En medio de su sorpresa, la sombra de una figura errante que se acercaba le hizo gritar nuevamente. Un hombre mayor montado a caballo y con armadura le saludaba grácilmente. “Buenas tardes joven, ¿sería tan amable de decirme dónde se encuentra la salida del bosque?”, le preguntó. Andrés estaba alucinando. “¿Qué bosque..?”, contestó. La extraña figura alzó las manos expresivamente. “Estamos rodeados de pinos, pinos por todas partes, ¡pinos tan altos como un castillo!”, respondió con vehemencia el anciano jinete. “¡Dios!, este tío está chalado. Pero quizá me pueda ayudar”, pensó Andrés, “Por favor, ¿me podría enseñar a mover objetos? Necesito conducir mi coche”. El caballero acarició a su caballo y luego se encogió de hombros. Andrés insistió. “Sí hombre, como en aquella película donde asesinan a uno que luego descubre que puede mover objetos y todo resulta ser una putada de su mejor amigo y entonces él… bueno supongo que no la ha visto”. El anciano había perdido el interés repentinamente, y se alejaba, tan errante como había llegado. “¡Espere, por favor!”, gritó Andrés. “¿Puede llevarme a mi casa?”, pidió casi de rodillas. El jinete, cortésmente, se detuvo y le invitó a montar en su caballo, que a gran velocidad le llevó hasta su acogedor hogar, hipotecado, medio en ruinas y con goteras, pero acogedor.

Tras una breve despedida, el jinete y su caballo se perdieron de vista al girar en la primera calle. Andrés se quedó mirando fijamente, preguntándose cuanto tiempo llevaría ese personaje vagando por el mundo. Se dirigió a la puerta de su casa, pensando en qué debía hacer ahora. No podía utilizar el timbre ni las llaves, solo podía atravesar la puerta. “¿Funcionará esto con todas las puertas?”, pensó. Andrés se veía a si mismo entrando tranquilamente en su banco de confianza y dirigiéndose directamente a la caja fuerte, solo para atravesarla limpiamente y coger todo el… “¿cómo me voy a llevar el puto dinero si estoy muerto? Además, ¿en qué lo iba a gastar? ¿En fulanas fantasma?”.

Andrés atravesó la puerta de su casa no sin sentir una sensación extraña, como la que se siente cuando atraviesas una puerta sin abrirte la cabeza. El interior estaba abarrotado, nunca había entrado tanta gente, a excepción de cuando vinieron los de servicios sociales a ver a sus hijos. Sus dos hijos, que ahora vestían de un negro a medio planchar y que parecían tristes, como todos los presentes, la abuela, los hermanos, los suegros y los primos. “Anda, si mi mujer también está”, pensó. Andrés se acercó a sus hijos, el mayor de ellos lloraba. “No le veía llorar desde que descubrió que su mierda me la había metido yo”.

Entre los invitados había amigos, sobretodo compañeros de borrachera, “amigos de barra” le gustaba decir a Andrés. “Miguel, ¿qué cojones haces aquí?”, gritó, “¡Si vienes por lo que te debo lo tienes claro!”. Pero Miguel no estaba allí por el dinero prestado en birras, ni los suegros por compromiso, ni los hermanos por ninguna herencia, ni la abuela por… “bueno, la abuela está aquí porque ya no se entera de nada, la pobre”. También estaba su mujer, su mujer un día querida, pero que ahora no era más que una sacacuartos. “Cariño, dame cincuenta euros para el pan”, le decía a veces. “Sé muy bien que se lo gastaba en el bingo. La muy jodía, ¡gastaba más cartones que un sin techo!” Pero allí se encontraba, hablando con su familia, con sus amigos, con su gente. Y para sorpresa de Andrés era la que parecía estar más afectada de todos. Sería su mirada vidriosa, sus ojeras agigantadas o que había perdido un par de kilos. Andrés comprendió en ese momento que su mujer y el resto de toda esa gente estaba allí por él, “porque al final resulta que no era tan desgraciao como pensaba, nos ha jodío”.

Entró en su habitación. Encima de la cama de matrimonio estaba Paco, tumbado y con mirada apagada. “¡Ven Paco! ¡Bonito ven!”, gritó Andrés con alegría. Paco le miró entonces fijamente, se puso en pie y se acercó hasta él, moviendo su cola con fuerza. “¡No jodas que el perro me puede ver!”. Andrés estaba perplejo. “Pensaba que solo los gatos veían a los muertos”, se dijo un poco decepcionado.

Al otro lado de la cama había un mueble de madera barata. Andrés se acercó, pensativo. “Joder con mi mujer, me muero y lo primero que hace es cambiar la decoración. ¡Qué asco de cómoda…!”, dijo justo antes de detenerse en seco, “ay no… que es un ataúd”.

No podía tocar su propio ataúd y ahora el alma de Andrés miraba fijamente el cadáver de Andrés. Hacía realmente mala cara. “Pues va a ser verdad que estoy muerto, pero ¿cómo fue…?”. En una de las manos del cuerpo sin vida había una botella de Heineken sin abrir. Los ojos de Andrés se humedecieron. “No fastidies María, que sabes que me gusta la Estrella”.

Su hermano Álvaro entró en la habitación y se acercó al ataúd. “Tendría que haberte enseñado a nadar, como buen hermano mayor”, dijo en voz baja. Una luz se encendió en el cerebro ectoplasmático de Andrés… mujer ludópata, hijos yonquis, alcohólico y desempleado terminal; más borrachera, coche, río, nadar,…

“Eres imbécil tío”, se dijo a si mismo, mientras sus lágrimas se desbordaban hacia sus mejillas.

“Veámoslo desde el lado positivo. Al menos puedo llorar”.

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Viaje de ida

El último hombre iba a abandonar este mundo.

Solitario y ahogado entre lágrimas, contemplaba el espectáculo desde lo alto de una colina, cerca de la costa, al lado de una casa apenas reconocible. El mundo que una vez conoció había cambiado para siempre. Los mares engulleron las costas y de los ríos solo quedaban cicatrices en los valles de las montañas, que eran de roca y tierra. Los cisnes estaban solo en la imaginación, el Sol ya no iluminaba los días del mundo y las noches eran frías y oscuras, cubiertas por un manto grisáceo que lo ocultaba todo. La humanidad ya no era el ser dominante, era la muerte, implacable, quien gobernaba los continentes. La ignorancia hirió mortalmente el planeta, una vez verde y azul, pero fueron el odio y el miedo los que le dieron el golpe de gracia.

Unos lejanos recuerdos de infancia abordaron la mente del hombre, de ojos cansados. La brisa del mar fue una vez agradable. Los veranos en aquella casa habían transcurrido entre juegos y risas, junto a su mujer y sus dos hijos. Les había querido a todos más que a si mismo.

Un destello iluminó el horizonte un breve instante y luego se apagó, dejando una ocre formación nubosa que se elevaba lentamente. El hombre pestañeó, se secó las lágrimas y luego esbozó una tímida sonrisa de incredulidad. Desde la cima de la colina, podían verse los cadáveres carbonizados de miles de personas que salpicaban las calles de lo que fue una vez una ciudad. Cerca de él, había tres tumbas improvisadas bajo el tronco seco de un árbol, y en ellas, flores marchitas.

Por última vez, echó una mirada al mundo y se despidió, agitando la mano, esperando en vano una respuesta. Una repentina sensación de miedo le recorrió de pies a cabeza, sabía muy bien que nunca volvería, que era un viaje solo de ida. Despejó sus dudas en un suspiro. Con cuidado, se puso un traje totalmente negro que le cubría todo el cuerpo y se introdujo en un tanque lleno de líquido amarillento y helado. La compuerta se cerró. El extraño líquido inundó sus pulmones. A los pocos segundos ya se había acostumbrado a respirar dentro del tanque. Era un requisito incómodo y la única manera de que su frágil cuerpo sobreviviese. Abrió los ojos. El interior del tanque estaba vagamente iluminado por un panel de datos en el que podía leerse una fecha y una hora. Al pulsar un botón, apareció una cuenta atrás.

La suave brisa se detuvo.

- Tengo que evitar todo esto – se dijo a si mismo.

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Nueva e-tapa

Si no estás en Internet no eres nadie. Eso es probablemente algo que me hubiera repetido mi abuela hasta la saciedad si hubiese existido algo así en su tiempo. Y aquí estamos, con un montón de relatos criando polvo en una estantería y un dominio .es con mi nombre por el que pago un tanto al año y que está “por si me hago famosete algún día” (se oyen risas).

Cada semana, o en su defecto cuando me dé la gana, colgaré relatos y escritos varios de interés escaso tirando a nulo. Así, por compartir.

Sean bienvenidos a “Mundos de una página”*

* Queda reservado el derecho de cambiar el nombre del blog en cualquier momento sin previo aviso y sin derecho a ningún tipo de compensación por parte de “Mundos de una página”*.

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